El problema

Tras la muerte del guardián con el que compartía la administración del monasterio zen, el gran maestro convocó a todos los discípulos con la intención de escoger un sustituto para esta tarea tan importante. Voy a plantearos un problema -les dijo a todos-. Aquel que lo resuelva antes será el nuevo guardián del templo.

Colocó en medio de una gran sala un banco y, sobre él, dispuso un bellísimo jarrón de porcelana con una rosa roja. Éste es el problema, les dijo a los muchachos, dejándolos perplejos ante este extraño enigma. Todos quedaron paralizados hasta que uno de ellos se levantó, miró al gran maestro y a sus compañeros y, con determinación, caminó hacia el florero y lo tiró al suelo de un empujón, haciéndolo añicos.

Usted será el nuevo guardián del templo -le anunció el maestro-. No importa lo fascinantes y bellos que sean, los problemas tienen que ser resueltos. Pueden aparecer en forma de bello florero, de un amor que ya no tiene sentido o de la rutina que nos resistimos a abandonar porque nos resulta cómoda. Hay un peligro muy común: regodearnos con ellos, como si fuéramos los únicos que los suften en el mundo. Pero sólo existe una forma de enfrentar los problemas: atacarlos de frente.

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La riqueza

Un hombre riquísimo quiso que su hijo apreciase la cantidad de cosas que tenía y, para ello, decidió pasar con él un fin de semana en una casa de campo cuyos propietarios eran tan humildes que apenas contaban con lo básico para sobrevivir. Cuando acabó el viaje y ya estaban de regreso en su fastuosa mansión a las afueras de la ciudad, el padre preguntó, con curiosidad, al muchacho: “¿Qué te ha parecido este viaje?”. El niño aún estaba impresionado por la belleza de los campos y la naturaleza, por lo que no dudó en su respuesta: “Ha sido muy bonito, papá!”.

El hombre de negocios siguió comentando algunos momentos del fin de semana. “¿Viste lo pobre que puede llegar a ser la gente?”. A lo que el niño contesto: “sí”. Curioso por saber qué le había impresionado más, el padre prosiguió:” ¿Y qué aprendiste?”. El muchacho le respondió lo siguiente: “Nosotros tenemos un perro, ellos cuatro. En nuestra casa hay una gran piscina, ellos tienen un arroyo que no parece tener fin. Nuestro jardín está iluminado con lámparas de importación, pero esos campesinos tienen las estrellas. Ellos disfrutan del tiempo necesario para hablar y convivir. Mamá y tú os pasáis el día trabajando”. El padre quedó mudo y su hijo añadió estas palabras: ¡Gracias, papá, por enseñarme los ricos que podemos llegar a ser!”.

Nunca es tarde para intentarlo

El miedo al fracaso nos lleva a elaborar un montón de excusas que nos desvían, la mayoría de veces del camino de nuestros sueños. Quienes saben de psicología, aseguran que son nuestras justificaciones las verdaderas causantes de nuestras insastifaciones, pues nos limitan en las decisiones que tomamos. No fracasa aquel que no lo consigue, sino quien no lo intenta.

Cuando una persona tiene un gran sueño, debe tratar de luchar al máximo por él.

 

Salvado por el ingenio

Un hombre al que todos tenían en buena consideración fue culpado injustamente del asesinato de una mujer. El verdadero criminal era un hombre muy poderoso y había movido todos los hilos para buscar un cabeza de turco de su horrendo acto. El falso culpable fue llevado a juicio sin dilatación y pocos confiaban en que fuese declarado inocente.

Tal era la influencia del poderoso asesino que hasta compró al juez, quien dispuso todo para mantener las apariencias de un juicio justo. Así, el magistrado dijo al encausado: “Dejaremos en manos del Señor tu destino. Escribiremos en dos papeles las palabras “culpable” e “inocente”. Tú escogerás uno y será Dios quien decida”. El mal juez había preparado una trampa: en ambos papeles escribió “culpable”, de modo que nada importaría cual fuese la elección.

Llegado el momento de la verdad, el hombre, ante el asombro de todos los que allí estaban presentes, cogió uno de los papeles y se lo tragó. cuando el juez, indignado, le preguntó cómo sabrían el veredicto, respondió: “es muy sencillo, sólo hay que leer el papel que queda para saber qué ponía el que me tragué”. Y es que, por más difícil que nos parezca una situación, siempre hay una salida.