Cuando duele vivir

Deseo compartir con todos este testimonio que tiene como protagonista a una amiga: hace tres años le confirmaron que padece fibromialgia. Aunque en su caso ya lleva varios años.

Como el diagnóstico de esta enfermedad sigue siendo controvertido, pues aún no existe ninguna prueba específica para detectarla -ni laboratoria ni radiológica-, quienes la padecen pueden pasar por fases de enorme desaliento. Sobre todo, cuando, como en el caso de Raquel, sufren la incomprensión de su pareja. Su marido pensaba que lo suyo era cuento. No podía creer que no obtuviera ninguna mejoría estando siempre de médicos, pero es que, al ser los síntomas de la fibromialgia tan variados, no es fácil diagnosticarla.

El cansancio crónico que padecía le impedía muchos días ir a trabajar. En invierno, el frío severo, aumentaba sus dolores y, en verano, sufría de agotamiento, debido al excesivo calor. Por lo que pasaba la mayor parte del tiempo debatiéndose entre unos y otros síntomas. Estas limitaciones provocaron que, finalmente, su pareja resolviera hacer su vida sin contar con ella. Una reacción que la sometió a un gran estrés al poner en peligro su estabilidad matrimonial. Debido a ello decidió sacar fuerzas de flaqueza. Sin embargo, esta decisión aún agravó más su estado de salud. Sus dolores se hicieron más persistentes y su fatiga, extrema. Asi mismo, empezó a padecer insomnio, incapacidad para concentrarse, memorizar y hasta pensar con claridad. Todas estas circunstancias unidas a su continuas ausencias, provocaron que la despidieran del trabajo. Y lo peor fue que todo ello ocurrió ante la total incompresión de su marido, quien, además, poco antes de que le diagnosticaran la enfermedad, aceptó un trabajo temporal.

Pero la casualidad quiso que se encontrara con una amiga en común, a la que hacía mucho que no la veía. Ésta conocía bien la fibromialgia porque la padecía su madre. Ella le recomendó que visitara a un médico quien, finalmente, le dijo que padecía fibromialgia. Tener un diagnóstico le supuso un gran alivio, y no sólo porque le recetaron el tratamiento adecuado para controlar los síntomas de esta enfermedad crónica, sino porque, finalmente, pudo demostrarle a su marido que no era ningún cuento.

Hoy su sufrimiento ha disminuido, tanto físicamente como moralmente, debido al hecho de que se ha ganado el respeto y la comprensión de su marido, quien, todo hay que decirlo, se desvive por ella. Pese a todo su calidad de vida ha mejorado.

 

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