Generosidad..

Los que son generosos se ven llevados a hacer grandes cosas y, sin embargo a no emprender nada de lo que no se sientan capaces. Y como nada estiman más que el hacer el bien a los otros hombres, y menosprecian su propio interés por este motivo, siempre son perfectamente corteses, afables y serviciales con los demás.

El buen humor, la risa y los pensamientos positivos -actitudes derivadas de las acciones generosas- liberan oxitocina, una hormona vinculada a las relaciones amorosas. La oxitocina influye directamente en el proceso de enamoramiento, en el acto sexual y en la llegada al orgasmo. Cuando las dosis de esta hormona son altas, se fortalecen sentimientos más estables de amor y de compromiso entre dos personas. Ésta estimula la circulación del esperma y la contracción de la musculatura pelviana femenina con el fin de causar placer y asegurar la reproducción.

Esta preciada virtud, consistente en dar sin esperar nada a cambio, tiene efectos muy beneficiosos para nosotros, que acabamos sacándole provecho a una actitud sumamente positiva. Preocuparse de los demás proporciona un sinfín de ventajas que te benefician tanto a nivel físico como espiritual.

Desde tiempo remotos, las personas han tenido tendencia a preocuparse por el bienestar de los demás. Los primeros grupos humanos que sobrevivieron fueron los que se ocuparon los unos de los otros, porque desarrollaron la capacidad de ponerse en el lugar de los demás para intentar comprenderlos y entender su comportamiento.

Esa capacidad primitiva de empatizar con el prójimo nos lleva a reproducir mentalmente los sentimientos de los demás. Por ello, cuando un amigo comparte una alegría suya con nosotros, nuestro cerebro y el suyo vibran en sincronía.

La satisfación de haber ayudado a alguien repercute directamente sobre nosotros. Nos hace sentir humanos, útiles y buenas personas. En consecuencia, sube nuestra autoestima y la valoración personal que tenemos de nosotros mismos. La dedicación y entrega a las personas está directamente relacionada con la esperanza de vida. Las relaciones sociales intensas reducen a la mitad el riesgo de muerte en cualquier edad. De ahí se desprende que lo importante no es lo que recibes sino lo que das.

Como hemos visto, realizar acciones altruistas de vez en cuando nos provoca un subidón emocional considerable. Convertir esta actitud en un estilo de vida que llevemos a cabo a diario multiplicará la dosis de felicidad recibida y ayudará a que nos mantengamos en una situación de bienestar permanente.

Cuando nos involucramos con los demás, entendemos por qué se comportan de una determinada manera frente a una situación y aprendemos de ello. Esto nos sirve para intentar evitar cometer los mismos errores. El altruimos nos sitúa en un estado de bienestar y serenidad que puede ayudarnos a ver los problemas desde otra óptica y a afrontarlos con una actitud mucho más positiva.

Cuando nos preocupamos por el bienestar de los demás, nuestra mente libera diferentes hormonas que nos proporcionan una sensación de euforia, nos elevan el ánimo y nos predisponen a ganar confianza con los demás y sentirnos más seguros en nuestras relaciones personales. Estas hormonas también actúan de forma efectiva contra el estrés, contribuyendo a que nos tomemos la vida sin agobios.

Cada vez que ofreces algo a alguien de forma voluntaria se activan los centros de placer de tu organismo, proporcionándote una sastifación personal.

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