Librarse de la culpa

Casi todos nos hemos sentido culpables alguna vez por algún error. El problema viene cuando el peso de la mala conciencia bloquea nuestro juicio y nos roba la tranquilidad interior. La solución obviamente está en deshacerse de esa carga. La culpa es un sentimiento que nos encadena a los errores del pasado, un peso que nos impide retomar el vuelo, como dijo Buda: “no hay más dicha que la paz interior”.
La culpabilidad está muy ligada a la vergüenza, a la ansiedad y a la autoestima. Se basa en la idea de que hemos hecho algo que no debíamos y vamos a ser criticados o rechazados por ello. A veces, ese miedo es tan intenso, que perdemos la confianza en nosotros mismos y nos inunda una sensación de tristeza o de pérdida de control. Bien llevada, sin embargo, viene a ser una especie de chivato que nos ayuda a diferenciar lo que está bien de lo que está mal, reactualizando nuestro propio código de valores. Actúa como la guardiana de nuestra conducta y está vinculada a nuestro sentido de la responsabilidad.
Una terapia que aligera a la conciencia es plasmar por escrito nuestras emociones, tiene muchos beneficios para nuestra salud mental, ya que ayuda a cerrar las cicactrices del alma. Nuestro cerebro necesita expresarse, trasladar al papel nuestras angustias con total sinceridad y sin intermediarios. Esta tarea apacigua la mente porque desenreda nuestras confusiones y nos hace reflexionar tomando cierta distancia del problema. Deja fluir  todo lo que te bulle por la cabeza sin preocuparte de la puntuación o de las faltas. Puedes dirigir el escrito a la persona que te hace sentir contrariada, algo muy útil si no tienes la posibilidad de decirle frente a frente todo lo que sientes porque habéis roto todo lazo de comunicación, porque ha fallecido inesperadamente, etc. Así se te irá aligerando ese peso que te asfisia de encima.
Los remordimientos se convierten en una carga cuando nos angustian tanto que destruyen nuestra capacidad para valorar quiénes somos y disfrutar del presente. Todos los errores cometidos en la vida nos enseñan a ser mejores personas porque son una fuente de aprendizaje. Para superar el sentimiento de culpa -hemos negado el favor a un amigo, no hemos sido sinceros, hemos engañado…-, el primer paso es aceptar que podemos haber tomado el camino equivocado.
A fin de pasar página, deja de cuestionar qué has hecho mal, para empezar a pensar qué puedes hacer, a partir de ahora, para mejorar. No te machaques: convéncete de que no volverás a tropezar en la misma piedra e intenta reparar el daño, por ejemplo, pidiendo perdón.
No te atormentes con pensamientos del tipo: No hice lo suficiente, Si hubiera reaccionado a tiempo.. Cuando asumas que el pasado no se puede modificar y que hay muchas situaciones que escapan a nuestro control, verás como la culpa pierde fuerza. En las personas que atraviesan un proceso de luto, este consejo es importante, ya que a la primera etapa de negación de la muerte o incredulidad le sigue otra de culpabilidad. Se trata de un sentimiento natural que se diluye con el paso del tiempo.
Quienes tienen una buena autoestima saben hasta donde llega su responsabilidad en cualquier hecho, sin maginificarla. Por eso, controlan mejor sus sentimientos de culpa, rencor o rabia. Aprende a aceptar tus limitaciones, siendo consciente de que puedes superarte.
La culpa afecta a las personas que aceptan su grado de implicación en un asunto y saben ponerse en el lugar de los demás. Peor suerte tienen quienes jamás asumen sus equivocaciones y declinan hábilmente su responsabilidad en otros, puesto que pierden la oportunidad de aprender de la vida.  No te sientas responsable de las decisiones de los demás o del tipo de vida que han decidido llevar. Cosa terrible es sentir como propia la culpa ajena.
Algunas personas nos hacen sentir culpables, valiéndose del chantaje emocional, para así someternos a sus deseos. Pon límite a los reproches. Por ganarse la aprobación o el aprecio de los demás, muchas personas son incapaces de decir “no”. En esos casos, va muy bien practicar el egoísmo sano. Respetar las propias necesidades y sentimientos aunque los demás no lo hagan. Sobre todo, si los demás no lo hacen.

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