Lecciones de la vida

Las equivocaciones pueden servirnos para ganar confianza y valor, volver la vista atrás para ver en qué hemos fallado ayuda, precisamente a eso,  a avanzar hacia adelante con un nuevo impulso.
La historia de la humanidad está plagada de errores con final feliz en muchos casos: el descubrimiento de la penicilina o de los rayos X, sin ir más lejos, fue fruto de un accidente. Un error de cálculo hizo que Colón desembarcara en América, en su intento por abrir una nueva ruta hacia las Indias.
Si no te salen las cosas bien, en vez de maldecir tu mala suerte o creer a ciegas en las fuerzas del destino, abre los ojos y busca la causa. Si no encontraste tu pareja ideal, por ejemplo, plantéate si es porque eliges un patrón que no te conviene o si es que repites las mismas conductas que llevan a lo erróneo.
El problema aquí es que vivimos en una sociedad que premia el acierto, símbolo del triunfo, y castiga el error, considerado como un fracaso o falta de valores. Pero sin él, la sociedad no avanzaría. No hay más que tener en cuenta que la mayoría de progresos de la ciencia se basan en el principio de la prueba/error.
El secreto hacia la felicidad no está en alcanzar la perfección, una meta imposible, sino en hacer un buen balance de nuestras “meteduras de pata” para así salir airosos la próxima vez que nos encontremos en una situación similar. Todas las personas cometen fallos, pero solo las inteligentes aprenden de ellos. Cada error que dejas atrás, se convierte en un nuevo paso hacia delante, siempre y cuando nos preguntemos qué nueva enseñanza hemos aprendido.
Solo las personas que vuelven a levantarse tras una caída llegan a la meta final. Además de ayudarnos a ser más fuertes y precavidos, los errores nos obligan a cambiar nuestro punto de vista, un ejercicio muy sano, y a encontrar soluciones más ingenisosas.
El premio gordo lo obtiene quién más aprende de los errores. Podemos sentirnos avergonzados por lo que hemos hecho, pero nunca por quienes somos, porque tal y como recoge la sabiduría popular, quien asa y amasa, de todo le pasa o quien tiene boca se equivoca. De la misma forma, hay que ser responsable de nuestros actos, pero no culparnos de ellos. Reconocer la equivocación y aprovecharla es un alarde que ronda la genialidad.

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