Asumir nuestras particularidades

Asumir nuestras particularidades es primordial para ser más felices y vivir más tranquilos.

Bajo mi percepción tenemos un concepto de normalidad muy limitado, lo que genera una gran angustia y sufrimiento en muchas personas, porque creen que lo que les sucede no es normal. Yo me preguntó: ¿Por qué consideramos “no normales” a quienes sufren discapacidades físicas, Síndrome de Down, autismo, ceguera, etc… cuando hay millones de personas en el planeta que nacen con estas caracteristicas?
Es cierto que su condición genera una serie de limitaciones que deben ser tenidas en cuenta por la sociedad y las instituciones para facilitar la integración de estas personas y que, en algunos casos, el trato con ellas requiere de un esfuerzo extra por parte de quienes nos consideramos “normales”, pero, ¿y qué? ¿Acaso no levantamos la mirada para hablar con alguien más alto o buscamos el curso de inglés más acorde a nuestro nivel? Todos tenemos nuestras particularidades y el mundo es lo suficientemente flexible como para adaptarse a ellas.
He sido testigo de cómo una amiga, se consumía por la pena por haber tenido un niño autista (En nuestro país hay más de 50.000). Su carácter y su actitud se volvieron casi trágicos al ver que, como según decía ella, su hijo “no es normal”, incluso llegó a convencer a toda su familia de que aquello era un drama y, en un momento dado, yo no pude más y me rebelé ante la situación, negándome a aceptar su idea de que éran una familia estigmatizada por el hecho de que ese niño fuera autista.
No culpo a mi amiga por sentir frustación ante la situación,  pues, no nos han educado para asumir con normalidad, como una expresión más de la diversidad de la vida, pero su negatividad hace daño a todos. Investigando, he descubierto que otras familias afrontan  el enorme reto de criar a un hijo autista con un espíritu mucho más luchador, alegre y esperanzador y así lo transmití a mi amiga, que beneficia enormente a los niños en su desarrrollo. Me puse en  contacto con una asociación de padres y madres de niños autistas y convencí a mi amiga para que hablase con ellos. No fue fácil para ella, pero poco a poco, empezó a abandonar su actitud victimista, contagiando a toda su familia un nuevo aire más fresco y mejor para todos.
Marcelino ya tiene 7 años y, gracias a la estimulación  que ha recibido, controla más su agresividad y mantiene un mayor contacto con la familia: el apego es el mayor aprendizaje para este tipo de personas. ¡Incluso está empezando a reconocer las letras! Obviamente, vivir con él resulta una experiencia intensa y, muchas veces, agotadora. Pero también es una vivencia repleta de amor y de compañerismo, pues, para Graciela, fue crucial conocer a otras familias que pasaban por lo mismo y recibir su apoyo para aprender a vivir “su normalidad”. Ahora, por suerte, su familia ya no es la misma.

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