El valor de las cosas

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después…- y haciendo una pausa agregó: -Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-Ehh… encantando, maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
-Bien- asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó -toma el caballo que está allí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido posible que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el que joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un anciano fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
– Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-¿58 monedas? -¡exclamó el joven!.
– Sí – replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
– Siéntate – dijo el maestro después de escucharlo -. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

 

P.S.: Ahora que veo que dices mil gracias, me gustaría decirte una cosa. Es genial agradecer a la gente que te ayuda, está muy bien. Sin embargo hay algo que está, al menos para mi, más centrado que este pensamiento que muchos tenemos cuando recibimos ayuda y que pensamos que sin el otro no saldríamos.
Yo, a ti, no puedo despertarte ningún sentimiento, pero ninguno, no soy suficientemente poderoso para controlar tus sentimientos y emociones. Esto me da cierta alegría al ver que tengo limitaciones y me da alegría también por saber que esto es humildad.

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Viaje de la desesperación a la esperanza

Debido a un accidente de tráfico David perdió la vista cuando sólo tenía 24 años. Cuando recuerdo la desesperación en la que vivía inmerso durante los primeros tiempos de su discapacidad, no puedo menos que dar las gracias a Dios por el cambio que en él se ha operado. Ahora veo a David feliz. Y esta felicidad jamás se obtiene con una indemnización por grande que ésta sea, así que seamos conscientes cuando cogemos un coche sin precaución no sólo por nosotros sino por los demás conductores también que puedan perjudicarles la vida.
Es una conquista que resulta de un trabajo de superación, de haber logrado ese propósito que, en un principio, parecía una quimera, pero que, con el debido esfuerzo, la debida dosis de voluntad y una gran constancia se convierte en una realidad, haciéndote inmensamente dichoso, puesto que es como un volver a nacer. David ha pasado, de una dependencia total, a disfrutar de toda la autonomía que le permite su discapacidad y los medios tecnólogicos de los que actualmente disponen quienes no pueden ver.
Hacía tan sólo unos meses que se había graduado en la universidad cuando se quedó ciego. Podríamos decir que había terminado ya su formación, que ya lo había aprendido prácticamente todo. Sin embargo, tuvo que volver a comenzar desde cero.
No fue nada fácil. Pasó dos años encerrado en  su casa, sin hacer nada más que compadecerse de sí mismo y alimentar un odio totalmente contraproducente hacia aquella situación que lo limitaba. Detestaba tener que depender de su familia, novia o amigos. Pocos meses después de quedarse ciego, rompió también con su novia Amelia, la que había sido su novia durante dos años. Y, aunque ella fue consciente de que no podía hacer nada por convencerlo de lo contrario, no perdió la esperanza de reiniciar su relación cuando él volviera a ser el de antes como así ha sido finalmente. David llegó a tocar fondo e intentó suicidarse. Aunque estuvo a punto de conseguirlo, se recuperó y, lo mejor de todo fue que estar tan cerca de la muerte y ver el enorme daño que nos hubiera causado a todos, le hizo empezar a considerar la idea de adaptarse a su nueva vida.
Aprendió a leer en braille en la Asociación Nacional de Ciegos, y, con ayuda de un perro-guía, ha logrado manejarse con autonomía y sin complejos. Pero nunca habría dado esos pasos si, previamente, no se hubiera unido a un grupo musical. Como siempre le ha gustado mucho la guitarra y tiene buena voz, alguien se lo propuso y todos le animamos a que lo hiciera. Esta actividad le ha devuelto la alegría, la ilusión por hacer cosas y hasta las ganas de tener pareja, pues ha vuelto con Amelia. El efecto positivo que ha causado la música en él no es algo causual, pues se ha demostrado la eficacia que tiene a la hora de superar bloqueos emocionales. Ahora, David es otro muy distinto.

Lección de humanidad y altruismo

Desde hace dos meses la vida de un amigo ha dejado de pender de un hilo. Por su enfermedad renal, llevaba cuatro años esperando ser trasplantado. Estaba en diálisis, pero, en los últimos meses, Alfonso, que sólo tiene 32 años, cada vez se encontraba peor. Un enfermo renal puede esperar un trasplante manteniéndose con vida gracias a la diálisis entre cinco y siete años, pero, en ese tiempo, su estado de salud es cada vez más precario. La diálisis es la única solución posible para mantenerlos con vida hasta el trasplante, pero ese tratamiento merma el sistema inmunológico del enfermo. En esta situación hay más de cuatro mil personas.
La buena noticia es que, desde el pasado noviembre, tras comprobarse que nuestra legislación no se oponía a esta situación, la Comisión de Trasplantes del Consejo Internacional de Salud dio el visto bueno al hecho de que una persona viva, si lo desea, pueda donar su órgano no sólo a un familiar, sino también a un amigo, un conocido o, incluso, un desconocido. Se les ha bautizado con el nombre de “buenos samaritanos”. ¡Ojalá proliferen con esta buena acción!
Siempre hay personas que nos dan una lección de humanidad y de altruismo desinteresadamente, precisamente ha sido gracias a un buen samaritano que mi amigo pueda disfrutar hoy de una nueva oportunidad para vivir. De momento, toda va bien. La persona que ha hecho posible que Alfonso tenga de nuevo un futuro ha sido una amiga de la infancia, con el cual, paradójicamente, no teníamos contacto y no por nuestra culpa, sino porque entre las familias hubo un hecho que nos distanció.
Cuando ella, que vive en otra provincia, aunque dentro de la misma comunidad, se enteró de que Alfonso, su amigo de la infancia, estaba atravesando una grave situación personal, enseguida se interesó y se puso en contacto con él directamente. Desconozco si tuvo que pensarselo mucho el hecho de conventirse en donante vivo voluntario, pero lo cierto es que su gran e inesperado gesto ha logrado salvar la vida de Alfonso. Su comportamiento nos hace platearnos si, en su lugar, hubiésen actuado de esta forma tan altruista y solidaria.
Ella tuvo que someterse a muchas pruebas para ver si podía ser compatible con Alfonso: tener el grupo sanguíneo << O +>> era ya un buen inicio. Pero también hay otros factores que importan. La posibilidad de que fueran compatibles era muy remota. Por lo que, hasta que no se descubrió que existía compatibilidad entre ellos, no se lo dijeron a Alfonso. La vida nos muestra la cara más solidaria, generosa y sorprendente a través de ella. La amistad entre ellos se ha sellado para siempre. Los demás han olvidado los rencores y su vida es más plena. ¡Gracias, por devolver la esperanza!

Conseguir el éxito personal

La conquista de uno mismo es la más difícil de todas las batallas, descubrir nuestro potencial y utilizarlo con destreza es el secreto del éxito, pero vale la pena porque esa victoria personal aprenderás a valorarte y a saber lo que de verdad te importa en la vida. Y tan importante como saber sacarnos el máximo partido es dirigir nuestras energías en la dirección correcta. Ese éxito consiste en obtener lo que se desea. La felicidad, en disfrutar lo que se obtiene.
Miren al su alrededor: quienes han conseguido el éxito en su esfera personal no solo tienen confianza en sí mismas, sino que inspiran confianza; no solo saben escuchar a los demás, sino que siempre encuentran la palabra más adecuada y, por si no bastara, alcanzan sus aspiraciones no solo porque ponen toda su energía, voluntad e inteligencia en ello.
El éxito personal depende más de nuestras aptitudes que de nuestro aspecto físico o de nuestra cuenta corriente. “Ni el dinero, ni la estatura dan carisma. El liderazgo parte siempre de una idea que fascina al resto” (Eduardo Punset). Las personas con gancho saben dar lo mejor de sí mismas y son capaces de despertar el interés de los demás en un primer encuentro, una conversación, etc.
Ante cualquier desafío, confía en tus capacidades, quienes encaran la vida sin miedos saben acallar las voces internas que intentan -boicotear- sus esfuerzos. No pienses en lo que te falta -siempre hay algo que mejorar-, céntrate en lo que quieres atraer. Amplia tus horizontes, por muy pequeña que sea la ventana, el cielo sigue siendo igual de grande. Las personas que se atreven a ver el mundo sin marcos encuentran muchas más sorpresas agradables en la vida.
Aprende algo nuevo cada día. El que no sienta ansias de ser más, llegará a no ser nada. Marquen metas alcanzables y luchar por ellas nos ayudará a crecer como personas y a tener razón por la que levantarse cada mañana. Superarnos día tras día es la más sana de todas las ambiciones.
Valora lo básico y aprecia lo esencial en la vida -la salud, el amor, la amistad, etc.- y sustituye las necesidades materiales por motivaciones íntimas. Averigua qué te hace feliz, te ayudará a desarollarte como persona.
El don de la oportunidad, no digas lo que piensas, pero piensa lo que dices. Para estar en equilibrio con nuestro interior y conectar con los demás, debemos alejarnos de las quejas, las críticas y los juicios de valor, ya que no nos llevan a ninguna parte.

Críticas..

Aunque muchos de los comentarios que se lanzan con un “no te lo tomes a mal..”, “te lo digo por tu bien..”, “no es nada personal, pero..”, pueden dejar nuestro orgullo malherido, también sirven para abrirnos los ojos y hacernos reaccionar a tiempo.
Uno está tan expuesto a la crítica como a la gripe. De ahí la necesidad de saber encajar las valoraciones de los demás con entereza y de aprender todo lo que podamos de ellas. El secreto, está en saber “corregir lo que sea verdad y no alterarse por lo que sea mentira”.
Una persona susceptible va a subtitular todas las cosas con un comentario ofendido. Para bien o para mal, lo cierto es que no somos el centro del mundo. Ni todas las personas de nuestro alrededor están tan pendientes de nosotros como creemos, ni los comentarios que hacen tienen siempre una doble lectura. Relájate y deja de dar vueltas a lo que la gente hace o dice, a lo que deben estar pensando de ti, etc. Suceda lo que suceda a tu alrededor, no te lo tomes personalmente. Tomarse las cosas personalmente es la máxima expresión del egoísmo: ¡Yo, yo, y siempre yo!.
Déjaras de estar siempre a la defensiva, con el chaleco antibalas puesto, si confías en que las personas son buenas hasta que se demuestre lo contrario -con evidencias, no con suposiciones-. Cuando se exagera un sentimiento, desaparece la facultad para pensar, para no dar mas cuerda a las emociones negativas, intenta analizar las cosas desde fuera. Puedes, por ejemplo, pensar cómo reaccionaría una persona a la que tú admiras ante ese comentario que a ti te ha sentado tan mal o ver cuál es la interpretación que hace alguien de tu confianza.
Sólo tú puedes diferenciar entre las críticas que son merecidas y las que no, las que son justas o despreporcionadas. Si está justificada, aunque sólo sea en parte, intenta tragarte tu orgullo, agradecer esa llamada de atención y rectificar. Si no lo es, no dejes que te afecte. Alguna razón tendrá esa persona para ir lanzando dardos evenenados. El que censura a los demás, indirectamente se alaba a si mismo.
Irritarse por un reproche es reconocer que se ha merecido, si lo que te ha puesto de mal humor no es el fondo de la crítica sino la forma, tampoco deberías enfadarte porque el problema lo tiene tu interlocutor, que carece de tacto, que habla desde el resentimiento, etc. La mejor defensa no es un ataque. Si no estás de acuerdo con un comentario, se tiene dos opciones: pasar página -a veces no merece la pena ni responder- o defenderte de forma serena.
Exceso de vulnerabilidad. Llega a un acuerdo contigo mismo/a y presta atención, únicamente, a las críticas de quienes te quieren bien. Nadie puede ofendernos sin nuestro consentimiento. Cuando son constructivas, las críticas nos ayudan a mejorar como padres, amantes, compañeros de trabajo, amigos..
Es positivo que otras personas de tu entorno te muestren lo que tú no ves. Tu enemigo s, tu maestro. Escucha con humildad las observaciones de los demás porque es una oportunidad para aprender. No progresas mejorando lo que ya esta hecho, sino esforzándote por lograr lo que aún queda por hacer. Tómalo como un halago. Si alguien se toma la molestia de pedir algo más de ti es porque cree que tienes potencial para darlo. Recapacita y toma este tipo de críticas como una motivación.
La murmuración se parece al humo porque se disipa pronto, pero ennegrece todo lo que toca. Según los psicólogos, nos falta lo que se llama “la cultura del reconocimiento” y, por eso, nos es más fácil criticar que felicitar. Dejando de un lado las críticas negativas suelen tener buena acogida, entre otras razones, porque dan más juego; también influye, dicen los expertos, el hecho de que nos resulta más sencillo manifestar nuestra rabia, disgusto, desacuerdo, etc., que nuestras emociones positivas.
Aunque sea más difícil, hay que hacer un esfuerzo por acercarnos a los demás a través de las valoraciones positivas. Es cuestión de entrenarse. Los elogios y los reconocimientos, estimulan los mismos circuitos cerebrales del  placer que un sabor dulce o una música agradable. Y además mejoran la autoestima, crean expectativas de superación y fomentan ambientes de mayor confianza y colaboración.

La importancia de la generosidad

Generosidad:

Dar y darse sin esperar nada a cambio, esa capacidad dentro del corazón humano que debería despertar la necesidad de ayudar a los demás, de entregar parte de nuestro tiempo a causas nobles, es un concepto que debería estar más presente en nuestra vida diaria, pues aunque abundan las campañas e iniciativas volcadas en ayudar económicamente  a quienes tienen menos, a veces, nos olvidamos que simplemente, un poco de nuestro tiempo es un preciado regalo que puede dar muchos frutos muy beneficiosos.
En esta época nuestra, que exalta como valores supremos la comodidad, el éxito personal y la riqueza material, la generosidad parece ser lo único  que verdaderamente vale la pena en esta vida.  El egocentrismo nos lleva a la infelicidad, aunque la sociedad actual nos quiera persuadir de lo contrario.
A lo largo de los cinco años que llevo colaborando en proyectos solidarios he visto a muchas personas atravesar por situaciones muy crudas y puedo segurar que absolutamente todos agradecerían contar con el apoyo, la ayuda y, sobre todo, la compresión de alguien que, además de darles un paquete de arroz, se presta a escucharles dedicándoles algo de su tiempo. Muchos de ellos, tras haber superado los peores momentos de su vida, se han sumado al carro de la solidaridad en la medida de sus posibilidades, volcándose en dar apoyo a quienes pasan por lo que ellos vivieron. Creo que ésta es la mejor manera de agradecer la ayuda recibida.

El cuerno de África se muere de hambre. Mi intención al escribir este testimonio es llamar la atención sobre estas situaciones, pero también aprovecharé para hacerles partícipes de la dura experiencia que se vive cuando se va a esas zonas formando parte de una oenegé Médicos sin fornteras. Por ellos sé que, a diario, más de 2.000 somalíes cruzan la fronteras de Kenia y Etiopía recorriendo largas distancias en busca de hospitales o centros nutricionales de la organización para que los provean de alimentos y atención médica. Todo un éxodo.

Personalmente, me quedé muy impresionada al comprobar, en primera persona, todos los problemas que, diariamente, debe afrontar y solucionar esta organización y también otras menos conocidas, pero no por ello menos eficientes en su labor. A lo largo de los meses, se puede comprobar un sinfín de situaciones que, por su dureza extrema, prefiero olvidar y no escribirlas. África es un continente muy, muy duro y para ir allí se necesita estar preparado psicológicamente y emocionalmente. Ocurren cosas que para nosotros son inimaginables, niñas menores de 10 años que sistemáticamente son violadas por hombres de su propia familia, o son vendidas por la pobreza, personas que se mueren de hambre o de enfermedades curables en otros países sin que puedas hacer nada, médicos que se han vuelto inmunes al sufrimiento de sus semejantes.. son muchas situaciones, demasiadas para que no te influyan.

¿Es posible que tras tantos años recibiendo ayuda internacional esta zona todavía siga viviendo en la extrema pobreza? Y también llevandose a cabo multitud de iniciativas, por ejemplo, el macrofestival benéfico por África “Live Aid” que promovió Bob Geldof en 1985. Pero ése es el verdadero mal de África, vivir siempre pendiente de las ayudas extranjeras en unos países creados artificialmente por los europeos sin tener en cuenta la realidad social, étnica y cultural de sus pueblos, muchos de ellos nómadas, sino pensando sólo en los intereses económicos de los países del primer mundo que expolian su riqueza natural y que, encima, les “prestan” dinero acrecentando unas deudas externas que jamás les podrán pagar. Por eso, muchos expertos aseguran que el futuro del continente pasa por borrar de un plumazo sus deudas y las ayudas, para que puedan empezar de nuevo con sus propios recursos y hacer prosperar a sus países xplotando sus propios recursos, que no son pocos. Pero es tan difícil..
Al reflexionar sobre esta virtud, encontramos que la vida del ser humano esta llena de oportunidades para servir y hacer un bien al prójimo. Una persona generosa se distingue por estas virtudes: La disposición natural e incondicional que tiene para ayudar a los demás sin hacer distinciones sociales. Resolver las situaciones que afectan a las personas en la medida de sus posibilidades, o buscar los medios para lograrlo. La discreción y la sencillez con la que actúa.
Mi motivación al escribir este testimonio es dejar constancia de que, ahora, muchas oenegés, parroquias, comedores sociales y organizaciones de cooperación están desbordadas por la gran demanda existente de alimentos, dinero y, sobre todo, de voluntarios. Es una época difícil para casi todos y no podemos dejar de ser generosos por el hecho de tener menos que otros años atrás, cualquier cosa sirve, lo importante es no resignarse pensando en que no sirve de nada. Lo del granito de arena, no es sólo una expresión.
Es claro que resulta más fácil hacer un favor a una persona que nos resulta simpática (un hermano, un amigo) que al que nos cae mal o no conocemos. Pero esto no es auténtica generosidad, porque no se actúa a favor del que lo necesita, sino a favor del que me cae bien. Ser generoso no es dar lo que nos sobra, sino dar lo mejor que tenemos, y también saber recibir lo mejor que tienen las otras personas.
Yo no puedo vivir tranquilamente imaginando que hay gente pasándolo tan mal. No tengo mucho que dar, pero sé por experiencia que para ellos puede serlo todo.

Librarse de la culpa

Casi todos nos hemos sentido culpables alguna vez por algún error. El problema viene cuando el peso de la mala conciencia bloquea nuestro juicio y nos roba la tranquilidad interior. La solución obviamente está en deshacerse de esa carga. La culpa es un sentimiento que nos encadena a los errores del pasado, un peso que nos impide retomar el vuelo, como dijo Buda: “no hay más dicha que la paz interior”.
La culpabilidad está muy ligada a la vergüenza, a la ansiedad y a la autoestima. Se basa en la idea de que hemos hecho algo que no debíamos y vamos a ser criticados o rechazados por ello. A veces, ese miedo es tan intenso, que perdemos la confianza en nosotros mismos y nos inunda una sensación de tristeza o de pérdida de control. Bien llevada, sin embargo, viene a ser una especie de chivato que nos ayuda a diferenciar lo que está bien de lo que está mal, reactualizando nuestro propio código de valores. Actúa como la guardiana de nuestra conducta y está vinculada a nuestro sentido de la responsabilidad.
Una terapia que aligera a la conciencia es plasmar por escrito nuestras emociones, tiene muchos beneficios para nuestra salud mental, ya que ayuda a cerrar las cicactrices del alma. Nuestro cerebro necesita expresarse, trasladar al papel nuestras angustias con total sinceridad y sin intermediarios. Esta tarea apacigua la mente porque desenreda nuestras confusiones y nos hace reflexionar tomando cierta distancia del problema. Deja fluir  todo lo que te bulle por la cabeza sin preocuparte de la puntuación o de las faltas. Puedes dirigir el escrito a la persona que te hace sentir contrariada, algo muy útil si no tienes la posibilidad de decirle frente a frente todo lo que sientes porque habéis roto todo lazo de comunicación, porque ha fallecido inesperadamente, etc. Así se te irá aligerando ese peso que te asfisia de encima.
Los remordimientos se convierten en una carga cuando nos angustian tanto que destruyen nuestra capacidad para valorar quiénes somos y disfrutar del presente. Todos los errores cometidos en la vida nos enseñan a ser mejores personas porque son una fuente de aprendizaje. Para superar el sentimiento de culpa -hemos negado el favor a un amigo, no hemos sido sinceros, hemos engañado…-, el primer paso es aceptar que podemos haber tomado el camino equivocado.
A fin de pasar página, deja de cuestionar qué has hecho mal, para empezar a pensar qué puedes hacer, a partir de ahora, para mejorar. No te machaques: convéncete de que no volverás a tropezar en la misma piedra e intenta reparar el daño, por ejemplo, pidiendo perdón.
No te atormentes con pensamientos del tipo: No hice lo suficiente, Si hubiera reaccionado a tiempo.. Cuando asumas que el pasado no se puede modificar y que hay muchas situaciones que escapan a nuestro control, verás como la culpa pierde fuerza. En las personas que atraviesan un proceso de luto, este consejo es importante, ya que a la primera etapa de negación de la muerte o incredulidad le sigue otra de culpabilidad. Se trata de un sentimiento natural que se diluye con el paso del tiempo.
Quienes tienen una buena autoestima saben hasta donde llega su responsabilidad en cualquier hecho, sin maginificarla. Por eso, controlan mejor sus sentimientos de culpa, rencor o rabia. Aprende a aceptar tus limitaciones, siendo consciente de que puedes superarte.
La culpa afecta a las personas que aceptan su grado de implicación en un asunto y saben ponerse en el lugar de los demás. Peor suerte tienen quienes jamás asumen sus equivocaciones y declinan hábilmente su responsabilidad en otros, puesto que pierden la oportunidad de aprender de la vida.  No te sientas responsable de las decisiones de los demás o del tipo de vida que han decidido llevar. Cosa terrible es sentir como propia la culpa ajena.
Algunas personas nos hacen sentir culpables, valiéndose del chantaje emocional, para así someternos a sus deseos. Pon límite a los reproches. Por ganarse la aprobación o el aprecio de los demás, muchas personas son incapaces de decir “no”. En esos casos, va muy bien practicar el egoísmo sano. Respetar las propias necesidades y sentimientos aunque los demás no lo hagan. Sobre todo, si los demás no lo hacen.