¡Nunca cambies, amistad!

Hoy me desperté, me desperté con ganas de hablarte una vez más y, sentir esa voz entrañable para mi, esa sonrisa adorable que siempre me contagiaba, a pesar de ir caminando mucho sin ti, aún no puedo olvidarte, marcaste muy hondo estos últimos años de mi vida.

En recuerdo con nostalgia de las personas que están cerca de nosotros quizás una especial ((ⓣ◦ⓢ◦ⓤ)) o varias, aquel que compartió y comparten parte de nuestra vida hoy, te considero mi mejor amigo, por lo mucho que ya has hecho, sonriendo y llorando por mi.

Te llamaré la atención ante ciertos peligros, estaré a tu lado cuando te equivoques y cuando aciertes, estaré preocupada cuando sufras un dolor intenso, estaré inquieta cuando sepa que no estas bien, sonreiré de alegría; cuando sepa que eres feliz. Para mi no quiero nada. Ni siquiera el consuelo de saber si soy o no soy tu mejor amiga, lo que dices o dejas de decir, lo que sientes o dejas de sentir; de saber si crees que soy la mejor persona que paso por tu vida.

Lo que espero y deseo es: Que nunca te canses de saber que alguien se preocupa por ti. Cuando alguna vez te sientas solo y veas en derredor sólo vacío y no puedas llorar, yo estaré contigo. Que si un día necesitas que alguien te escuche, cuentes con mis oídos; que si algún día el dolor te aplana, tengas el coraje sin el temor de encontrarme cansada, amargada, escandalizada o vacía, de acercarte a mi y decirme que necesitas a alguien como yo, que busque tan sólo tu paz interior. Cuando alguna vez te sientas triste y sientas la verdad, como una herida y que todo esta muerto, yo soy tu vida. Cuando alguna vez no sientas nada y quieras sonreír, pero no puedas y quieras escapar, yo soy tu puerta.

Nunca hay que subestimar el poder de las acciones. Con un pequeño gesto puedes cambiar la vida de una persona.

Sí, en el recuerdo de ese amigo de verdad, que en estos momentos se quiere alejar, esos que tienen un hombro para ellos y el otro siempre dispuesto para quien lo necesite, ese amigo que se enfada si le dan las gracias, porque se sienten en la necesidad de ayudar sin mas, uno de esos hombres que saben escuchar, animar, siempre alegre, siempre amable, optimista, tierno, siempre honesto y que saben sacar una sonrisa en los momentos duros, hoy he sonreído, pero no te daré las gracias, solo te diré, no te vayas.

Supiste día a día ganarte mi confianza, con gran esfuerzo, por eso ahora yo quisiera demostrarte todo eso y más; si me dejaras. En este mundo de indiferencia y envidia, espero que logremos juntos, como amigos, edificar un mundo perfecto, un oasis sagrado en el que pudieramos ser nosotros mismos y descansar en la confianza y en la compresión, a pesar de las turbulencias defender con eterna entereza nuestro lugar; la amistad!

Cuando miraba alrededor y veía lo difícil que se hace la vida, lo empinada que es la cuesta, sonrío por dentro pensando “no estoy sola”, tengo a ese gran amigo especial en el que apoyarme.

Nunca estarás completamente solo, un pedazo mío de mi corazón siempre estará contigo, y una cosa siempre te brindaré, el regalo mas apreciado, mi amistad, para que tu la aceptes. Permiteme que nuestra amistad te haga sonreír, que brinde alegrías a tu vida, como tu lo has hecho en la mía, cuando te sientas confundido y pierdas tu camino, permiteme guiarte en el sendero correcto.

Así es la vida de la amistad, unos piden sin tener en cuenta nada mas y otros dan sin pedir nada a cambio, unos sólo esperan de ti lo que les puedas dar, otros exigen lo que es imposible que le des, esa es la verdadera amistad, esa es la persona que necesito tener a mi lado, mi amigo, mi confidente.

No estoy triste, no estoy sola, estoy un poco decepcionada con la gente que pide mas de lo que puede dar, de lo que puede ofrecer, gente que solo mira para si mismo, sin tener en cuenta que mas allá de si mismos hay mas gente, mas necesidades, otros sueños, otras vidas, otros problemas pero nada mas lejos de la realidad que yo trate de cambiar a nadie, seguramente porque ya sería demasiado tarde, otros sin embargo, espero que no cambien nunca.

Anuncios

Qué habría sido de mi vida

Esta es una historia real.

Mi vida ha estado marcada por mis ataques de ansiedad y, a veces, no puedo evitar pensar qué habría pasado y cómo habría sido yo si no los hubiera tenido, pues creo que quizás mi carácter sería muy distinto. Todo comenzó en la adoslecencia. Un día, empecé a sentir que no podía respirar, mis padres se asustaron mucho y me llevaron a Urgencias. Notaba como si tuviera una losa en el pecho que no permitía que el aire me entrase en los pulmones. Creía que el corazón se me iba a escapar por la boca y tenía una sensación muy rara, como si el mundo fuera un lugar extraño en el que nada tuviera sentido. En ese momento, estaba realmente convencida de que iba a morir lo cual es terriblemente angustioso.

En Urgencias, me hicieron pruebas de todo tipo mientras que mi familia, con el alma en vilo, pensaba que tenía algo en el corazón. Finalmente, descartaron todo y me diagnosticaron un ataque de pánico. Vi la cara de mis padres y me di cuenta de que estaban aliviados, pero también parecía que pensaban que habían sufrido demasiado por una tontería. Tal vez esa idea no llegó a pasar nunca por su mente, pero a mí me lo pareció y es un pensamiento que me ha acompañado siempre. ¡Estaba tan avergonzada! Llegué  a pensar que era una loca por tener síntomas sin estar enferma y la verdad es que me machaqué bastante.

Entonces, no quise admitir lo que me estaba ocurriendo y traté de engañarme a mí misma simulando que no había pasado nada e intentando olvidar lo más rápido posible aquel episodio. Pero no pudo ser, porque mi madre quiso que fuera a un psicólogo y, por desgracia, fui a parar la consulta de un profesional que no me fue muy bien. Intentaba ser amable conmigo, pero yo me cerraba en banda y no tenía ganas de hablar de nada con él.

Durante la adolescencia, tuve más ataques. Aprendí a indentificarlos, pero de nada me servía para evitarlos. Sabía que no me moriría por ello, pero sufría tanto que hubiera deseado ser cualquier otra persona para liberarme de aquello. Miraba a mis amigas y pensaba que por qué sólo me sucedía a mí. ¿Qué tenía yo de malo? ¿ Por qué estaba << defectuosa>>?

Me dieron algunas medicinas y, cuando me hice mayor, los ataques remitieron. Dejé de ir al psicólogo y quise pensar que estaba curada, pero sabía que no era cierto, que lo que estaba haciendo era enterrar el tema. Por mucho que intentara no pensar en ello, no podía evitar estar aterrorizada. Era consciente de que, como una bomba de relojería, podría volver a estallar en cualquier momento.

Y así fue, cuando menos lo esperaba, pues todo me iba muy bien.., aparentemente. Estaba haciendo prácticas en una empresa y querían contratarme, además había conocido a un chico muy especial y estaba muy enamorada. Pero justo en ese momento, volvieron los ataques. Lo peor es que uno me dio estando con él. Le dije que no podía hablar, que ya se lo explicaría y me fui a casa. Sentía demasiada vergüenza y no me atreví a contarle nunca lo que me ocurría. Y, claro, él pensó que no me gustaba, o qué se yo, y nuestra relación se fue al traste. En el trabajo, ya no rendía igual y notaban que estaba muy rara, así que, finalmente, no me contrataron.

Entonces, me deprimí muchísimo y me quedé en casa encerrada durante meses. Después, vencí mi tristeza y me animé a hacer cosas, pero siempre con aquella amenaza, siempre con aquel secreto que no me atrevía a confesar a nadie. Mi madre me insistió muchísimo en que fuera a otro psicólogo. Y al final, yo creo que para no oírla, le hice caso. Esta vez fue completamente diferente. Se trataba de un especialista en ataques de ansiedad y me hizo ver que había mucha gente a la que ocurría y que no era para tanto. Así que un día se lo expliqué a una amiga y me entendió. No me miró como a un bicho raro ni nada de eso y, poco a poco, y en algunas situaciones muy concretas, me fui atreviendo a explicar lo que me pasaba y me di cuenta de que aquello me relajaba.

Ahora estoy mucho mejor. Salgo con un chico y cuando tuve uno de mis ataques, le expliqué lo que me ocurría y lo sumió sin problemas. No sé si algún día lo superaré, pero estoy empezando a aprender a vivir con ello. Ahora sé que debo dejar de tenerle miedo al miedo, porque eso es lo que más me ha condicionado a lo largo de mi vida y no voy a permitírmelo más.