Aprender de un idiota

Mostrándonos tal y como somos la vida resulta mucho más fácil. No intenten aparentar ser quien no eres realmente. Y no se engañe, ni traten de engañar a los demás porque, al final, todo se descubre. Como dice el refranero, “Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”. Desde luego, no se debería juzgar a nadie por lo que aparenta ser, porque las apariencias engañan muy frecuentemente.

Se cuenta que en una provincia Española, un grupo de personas se divertia frecuentemente con el idiota de un pequeño pueblo. Se trataba de un pobre infeliz, un hombre de poca inteligencia, que se aseguraba la subsistencia gracias a que sus vecinos le daban insignificantes limosnas. Diariamente, los vecinos convocaban al idiota para que acudiera al bar donde se reunían. Cuando por fin llegaba el idiota a la patética reunión de parroquianos, éstos le ofrecían escoger entre dos monedas: una grande, cuyo valor facial era de 100 reales, y otra pequeña, ésta valorada en 500 reales. Él siempre escogía la de mayor tamaño y menos valiosa. Y, como supondrán a estas alturas de la historia, su decisión siempre era motivo de risas para todos los presentes. Cierto día, alguien que venía entrando asiduamente en el bar de aquella remoto pueblo y que observaba atentamente al grupo, llamo al idiota aparte. Le invitó a salir afuera de aquel lúgubre bar. Entonces, sentados en un banco que había en la puerta a pleno sol, le preguntó si todavía no había percibido que la moneda mayor, la que él siempre elegía, valía menos. “Lo sé”, respondió aquel humilde hombre. Y añadió: “No soy  tan tonto”. Ésta, que es más grande, vale cinco veces menos que la pequeña. Pero tenga usted cuenta un detalle: el día que yo escoja la moneda más pequeña, el juego se acabará y ya no voy a ganar más monedas.

Esta historia podría concluir acá mismo, tal cual, como si se tratara de un simple chiste que abordara el típico estereotipo dentro del ámbito rural. Sin embargo, es interesante comprobar que se podría extraer varias conclusiones. La primera conclusión sería la siguiente: quien parece idiota, no siempre lo es. La segunda sería la formulación de una pregunta: Quiénes eran los verdaderos idiotas de la historia?...La tercera conclusión podría llevarnos a la siguiente idea: una ambición desmedida podría llegar a acabar  cortando tu principal fuente de ingresos.
Con todo, no cabe la menor duda de que la conclusión más interesante sería la que  expongo a continuación: podemos estar bien, aún cuando los otros no tengan  una buena opinión sobre nosotros mismos. Por lo tanto, lo que de verdad importa no es lo que piensan los demás personas de nosotros, pero sí lo que realmente somos.
Como muchas otras historias, esta también tiene una más que aprovechable moraleja. Podríamos resumirla  con estas pocas líneas: el mayor placer de un persona inteligente es aparentar ser idiota delante de un idiota que aparenta ser  más inteligente.

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Una respuesta

  1. buena moraleja, me recuerda a la frase “ande yo caliente y ríase la gente”. saludos

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